de un blanco papel vacío se sostiene el presente

Lo difícil, en realidad, es sorprender. Porque últimamente, nada de lo que lees te emociona es la sensación estrella que se intensifica con el devenir de los días, que transcurren mientras te acostumbras a leer de aquí y de allá y que, tras quince o así, te acabas un libro, como me sucedió ayer con el que tienen en la primera imagen, La seducción del encanto. Una alternativa a la sociedad del desánimo, de Miquel Seguró Mendlewicz, director de la colección Pensamiento de Herder. Quiero escribir una reseña sobre él. Pero el verbo quiero, como la palabra tiempo, constituyen una aliteración, y en este tiempo tan fluido, casi son antónimos, pero hoy constituyen un grito: ¡Quiero tiempo!

Mi atención sigue atomizada. Que termines un libro cada quince días es un botón de muestra. Esta entrada que ahora leen iba a escribirla directamente en el procesador de texto, pero me he obligado a escribir un borrador en el nuevo cuaderno Rhodia Goalbook, que ha pasado a convertirse en el cuaderno favorito que llevo a todos los sitios. Veremos qué otro modelo lo desbanca. Decía que escribir en un cuaderno, al menos, te permite amortizar un objeto comprado y no como me sucede desde hace unos meses, que vas comprando libros que quieres leer y no encuentras el tiempo que antes eras capaz de bloquear para destinarlo a leer. Las razones son numerosas: el trabajo, la preparación de las clases -yo las preparo todos los días independientemente del curso que deba ilustrar-, el descubrimiento de Canva, porque este año imparto docencia en segundo de bachillerato y siempre te exiges un poco más, porque acabas de empezar un curso de sintaxis en la UNED, porque eres tutor de treinta y tres alumnos y profesor para otros tantos ciento cuatro, porque te sumas a cualquier proyecto que te hace ilusión, como la creación del nuevo blog de la biblioteca mi instituto, porque rezas todos los días -frente a un sagrario si es posible-, porque escribes siempre que tienes un rato -aunque nada enseñes-, porque… ¡todo va muy deprisa! Pero tú solo quieres escribir -y sigo con la segunda persona, como hacía Alberto Olmos en A bordo del naufragio, o hace Miguel Ángel Hernández en esa serie de artículos tan sugerentes, ‘Vivir dos veces‘, en Zenda, y que tan bien escritos están en segunda persona-.

En ‘Jot Down‘ el otro día, no sé qué día era en un principio porque tienen la fea costumbre de no fechar los artículos por lo que endilgan y encasquetan al lector la tarea de descubrir en qué día se escribió el texto (adjuntar y colocar en la cabecera del artículo la fecha de publicación del contenido otorga muchísimo contexto al mismo y ojalá rectifiquen y empiecen a fechar los artículos en su cabecera), y decía eso, que el otro día publicó, creo que su director, Ángel L. Fernández Recuero un editorial que viene al hilo de lo que estoy contando y me gustó y se titulaba ‘La sociedad narcisista: todos escriben y nadie lee‘. Ese es el problema. Así expresado:

La sociedad narcisista no quiere leer porque leer es renunciar al yo ególatra. La lectura exige lentitud, atención, alteridad: tres virtudes incompatibles con el ritmo y la lógica del presente. Escribir, en cambio, se ha vuelto un acto de autopreservación. Uno no escribe para decir algo, sino para exhibirse. La gente necesita casito y de ahí la proliferación de obras sin lector, novelas que nadie abrirá, poemarios que no pasan de la caja de entrega de Amazon. En una cultura donde hay una competencia atroz por la visibilidad, la escritura se convierte en un ritual de supervivencia simbólica. En otro tiempo, escribir era un acto de resistencia contra la fugacidad: un modo de fijar la experiencia, de darle forma. Hoy, paradójicamente, es un modo de participar en esa fugacidad.

Quedó aplaudido, cómo no. Incluso sin fecha.

Pero he de regresar, como Odiseo, a reencontrarme con Penélope y Telémaco en Ítaca. Y para mí, en este momento vital, Ítaca es ese libro pendiente, ese tiempo ausente y ese sitio donde suelo leer. Dejaría todo lo que hago por leer y escribir sobre lo que leo y sobre lo que imagino sobre lo que leo y lo que no leo. La riqueza para mí es eso, sin hipérboles.

En cambio, me distraigo y pululo en internet con textos que no me sugieren nada, ni me emocionan y me pregunto si esa falta de emoción, que es en ocasiones la que produce la chispa del aprendizaje e ilustración se deba a que ya muchos de esos textos puedan estar escritos o supervisados por la inteligencia artificial que no sabe nada de la vida y que te lanzan agua pero no te mojas. Por eso me resultan tan insulsos y a la vez tan gominolas. No hay textos últimamente, como dicen mis alumnas, que hagan machi conmigo.

Pero aún tengo fe, no solo en mí, porque ya me voy conociendo y sé que resucitaré a la buena lectura, sino que tengo fe en ciertos jóvenes que, prescindiendo de distractores digitales de bolsillo, se acuestan todas las noches con el Quijote o se divierten, ahora que están en segundo de bachillerato, con El árbol de la ciencia, de Pío Baroja. Son los que entenderán mucho mejor a Andrés Hurtado cuando el año que viene comiencen primero de carrera. Espero, eso sí, que no se arraiguen a la muerte como hizo él.

Debería, para contrarrestar tanto infortunio lector, regresar al bolígrafo y al papel con más fuerza, sobre todo al papel, que es el vaso perfecto para leer con tranquilidad. Por eso me entusiasmo con el tipo de propuesta que hace la editorial Blackie Books, editorial, por cierto, a la que todos los años les compro su agenda para regalársela a la que es, además de artista, mi mujer: RM. La propuesta, que hacen ahora por segunda vez, es un almanaque donde plantean volver a casa por Navidad con historias breves de algunas de sus autoras. Y lo hacen en papel. Eso, que vuelva el papel por Navidad porque he de confesar que esta idea me fascina. Siguen llegando en papel historias para seguir viviendo, como decía Joan Didion. Bravo.

Así entonces, lo que había sido un borrador sobre un cuaderno nuevo se ha convertido en una entrada de casi 1600 palabras que reivindica más tiempo de lectura para textos de calidad que emocionen. Y es que, fíjense lo que ha entrado en casa en los dos últimos meses. Es un delito tener estos libros pendientes y sin leer, al menos para mí. Como otros tantos de mi biblioteca. ¡Quiero tiempo!

Mi estantería repleta de libros, destacando algunos títulos que me gustaría leer pronto, excepto La seducción del encanto, terminado ayer.

Les tengo muchas ganas a todos, excepto el que acabé ayer, al que le debo ahora, como he dicho antes, una reseña: me han gustado sus preguntas retóricas.

Cuando era niña me gustaba leer lo había pedido como desiderata a la biblioteca, pero me lo he comprado antes de que destinen el dinero de mis impuestos a él. Su contra lo dice todo, y cómo no, habrá reseña cuando lo lea:

En este libro, Marilynne Robinson analiza la situación de su país, Estados Unidos, y los riesgos cada vez mayores y reales de que pierda todo aquello que le ha dado prosperidad, estabilidad y dinamismo, a la vez que construía una población cuyos orígenes son cada vez más diversos. También aborda la situación de la libertad de pensamiento en nuestros días, hace una crítica feroz de la austeridad como ideología económica, expone la religión como una realidad insoslayable en todas las sociedades humanas, defiende el humanismo y critica el sometimiento de las humanidades a la servidumbre económica y denuncia el materialismo y la adicción a la tecnología. Finalmente, en el ensayo que da título al volumen, el más autobiográfico, la autora repasa la importancia de la lectura en su formación, y de los libros a la hora de conformar su propia individualidad, a la vez que reivindica la soledad y el silencio como medios para experimentar la singularidad radical de cada uno de nosotros, nuestra mayor dignidad y privilegio.

Qué rotundo. El de Marilynne Robinson será el siguiente después del último que me ha llegado para reseñar en Zenda, El vigía de las esquinas, de Luis Mateo Díez.

Como ven, no he tenido tiempo ni lo voy a tener para leer el de Uclés y el del Val. No los he leído. No los voy a leer. Una determinación más firme que esta no la encuentro ahora en mí. Voy a tratar, siempre que sea posible, de no leer libros ideados para vender, como muy bien expresa el editorial antes citado:

El editor ya no busca lectores, sino compradores con un vínculo afectivo o estético con el objeto. Y así, entre el editor pragmático que calcula mil ventas garantizadas sin una sola lectura y el autor que se autoedita para sentirse visible, se cierra el círculo: el libro, antaño artefacto de pensamiento, ha pasado a ser fetiche y mercancía sentimental, un puñetero Funko.

Conmigo no cuenten. Ni como Personaje Secundario (otro que me espera con ansia).

Disfruten del domingo. Una entrada así de proteica me gustaría escribir todos los domingos, pero ¿se animarían a leerla semanalmente si la escribo?

No se preocupen.


Descubre más desde soporto tropos

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde soporto tropos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

¿Te gustaría recibir los artículos de SOPORTO TROPOS en tu correo?

Suscríbete y descubre buenos libros y buena literatura

Seguir leyendo