Dos

Presenciar cómo la hoz siega el trigo sin poder hacer nada para impedirlo, ver barridas tanto las pequeñas congojas como las grandes mentiras sufridas a lo largo de los años, hacer frente con las manos desnudas a un futuro adverso, a una conclusión simplista y mezquina, a una fe definitiva, cruel y demoníaca. Eso es lo que sucede cuando gozas del más grande de los afectos y luego lo pierdes, cuando te encuentras frente a frente con la pérdida de la vida y con el atrevimiento de una realidad plagada de certezas desoladoras.

Así comienza el capítulo segundo de El caníbal, de John Hawkes, que está traducido por Jon Bilbao -ingeniero de minas y autor de uno de los libros más entretenidos que leí el año pasado: Padres, hijos y primates-.

Hawkes publicó con veinticuatro años esta novela. Fue la primera. Había genialidad. Hay genialidad. El caníbal está construido con prosa atmosférica, dicen, y  deslumbra por su hiperlúcida visión de la realidad, escriben.

Llevo leídas cuarenta y tres páginas de El caníbal. El fin de semana pasado acabé Pálido fuego y Dadá Demodé. Nunca imaginé cuarenta y tres páginas más viscerales. Houllebecq se mostraría ridículo comparado con Hawkes. No he leído lo último del francés, que conste. No sé por qué lo comparo. Lo que hace Hawkes en cuarenta y tres páginas, lo que hace Hawkes en cuarenta y tres páginas no lo hace Houllebecq con un mapa y un territorio. Para él solo.

Un sanatorio, un maestro tuerto, un agente del censo, una madame y un Balamir. Jutta, que es hermana de Snow y esta a su vez tía de Sevaggia; un editor llamado Zizendorf -que nos cuenta la historia- y un motorista americano “que aparecía ocasionalmente por Spitzen-on-the-Dein”. (Fuera de orden: el ambiente enrarecido de este comienzo de cuarenta y tres páginas me ha recordado -y tampoco sé el porqué- al ambiente que describe al principio de El estatus, la novela de Olmos. Conexiones sin sentido, pienso, pero conexiones que se establecen en mi «raciocinio» y que no las voy a acallar).

Hoy he repetido muchas veces esta expresión: «Se daban puñetazos en la frente«. Hoy me he repetido quinientas veces esa expresión porque es la expresión de una imagen que nunca existiría sin la fuerza de palabras: “Todos mendigaban o hacían cola por la comida. Se daban puñetazos en la frente.”

Me resulta bellísima, como el primer fragmento que coloco al comienzo del post.

Y solo cuarenta y tres páginas y un tren narrativo a toda máquina. En solo cuarenta y tres páginas…

Qué delicia. 


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2 respuestas

  1. Avatar de La Medicina de Tongoy

    Vale, me has convencido. Pinta bien, es verdad. Y además me has recordado que tengo por leer «La pata del escarabajo» también de Hawkes. Empiezo a buscarlos y a leerlos y todo eso.

    Saludos,

    1. Avatar de blumm

      El libro es, aquí se dice así, durillo. Brilla muy bien esa perla: la miseria humana. Disfruta.

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