23 DE SEPTIEMBRE, sábado. Minutos antes de las doce de la noche acabo Polvo en los zapatos, el diario que Manuel Moyano fue publicando en las páginas de La Opinión de Murcia. Me ha gustado. Y esto sería suficiente para justificar las cinco o seis horas de lectura. Me reconozco en algunas de sus páginas y reconozco que el género diarístico, si se me permite el adjetivo, me compromete. Me sucedió cuando acabé el diario de Uriarte, que comenzó a escribir cuando cumplió cincuenta años. Recuerdo que empecé otro que está sepultado en alguna carpeta de la nube donde almaceno todo. Empezará a llover cuando muera y esa nube desaparecerá. No habrá nadie con conciencia de tener un diario escondido en una nube. Mis hijos quizá lo descubran. Son demasiado listos. Insultantemente listos. Y cuento esto porque el texto de Moyano acaba en su última entrada con una lúcida reflexión: «Llevar un diario y verse obligado a publicarlo regularmente es la mejor escuela de escritura, ya que no hay más remedio que sobreponerse a la pereza». Me gustaría publicar mi diario aquí. Al menos y de vez en cuando, alguna entrada, como la de hoy. El diario de Moyano, Polvo en los zapatos, es cercano, es entraña de vida, de su vida. Sabía que lo acabaría hoy, sábado. De hecho, esta mañana he escrito a AC anunciándole que tendría la reseña recién horneada para Zenda el próximo fin de semana. Conociéndome, me doy una semana para fraguar las notas que he tomado mientras lo leía. De lo que sí me arrepiento es de haber mantenido el libro libre de notas y subrayados, impoluto e inmaculado. Ustedes pueden pensar que así debe de ser. Los libros hay que respetarlos. Quizás otros piensen que los libros hay que trabajarlos, pintarrajearlos. Si lo he dejado inmaculado ha sido porque vivo en un piso y el ritmo de los libros que entran es muy superior al ritmo de los libros que salen vía expurgo, préstamos, donaciones y ventas en Wallapop. Hay que pensar en el largo plazo, como dicen los economistas, en el long term. Pero Moyano se queda en mi biblioteca. Me costará prestarlo. Y me gustaría releer algunas de sus páginas porque me es muy familiar lo que en ocasiones cuenta; vive cerca de Jaén, y nombre a Córdoba, Sierra Morena, Cazorla, y esa región que desconocía que se llama Orospeda: voy a recorrerla. También escribe sobre escritores que he leído, como Miguel Ángel Hernández, y de otros que me gustaría leer pronto. Es un semillero de buenas referencias literarias. Además, monta y pasea en bicicleta, como yo. Moyano se queda en casa.
Vuelvo a la cita anterior, donde Manuel aseguraba que un diario es una escuela de escritura. Pienso que acierta, siempre que la regularidad te lo permita. La única condición a la que me someto para mi diario es a que las entradas nazcan manuscritas. Estas palabras, de hecho, han sido antes caligrafiadas en un cuaderno Clairefontaine (una de mis marcas favoritas de cuadernos). Empiezo a estar inundado por decenas de instrumentos de escritura que compro para probar –y que debería reseñar en el blog, ¿se imaginan una reseña de un bolígrafo Bic de tinta verde?– y ahí se quedan, entre cajas de lata vintage y lapiceros encima de las mesas.
Si algo me ha enseñado el diario de Manuel Moyano ha sido que los textos que conforman un diario deben tener color, mucho color, donde las referencias a personas, libros, hechos con nombres y apellidos colmen los días. Donde la cultura del autor del diario se destile entre sus pensamientos y sus circunstancias de vida. Y la naturalidad. Es otra de las virtudes de Polvo en los zapatos que, unida a la bonhomía de su autor, –es lo que intuyo–, se configura en un espacio literario agradable para pasearlo.
Polvo en los zapatos me llevará a otro libro de Moyano, seguro, que imagino de prosa fluida. ¿Cuál me recomiendas?
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