Fragmento de Fedra, de Racine. Traducido por Carlos Pujol:
FEDRA: ¿Sabes lo que acabo de descubrir? Hipólito está enamorado y no puedo dudarlo. Aricia ha encontrado el camino de su corazón.
ENONE: ¿Aricia?
FEDRA: ¡Se aman! Tú lo sabías. ¿Los has visto hablarse, buscarse con frecuencia? ¿Iban a esconderse en lo intrincado del bosque? ¡Ay!, se veían con plena libertad. El cielo aprobaba sus suspiros inocentes; seguían sin remordimiento sus inclinaciones; los días amanecían claros y serenos para ellos. Y yo, triste despojo de la naturaleza entera, me ocultaba en la sombra, huía de la luz. Aguardaba el momento de expirar; me alimentaba de hiel, bebía mis lágrimas, ni siquiera me atrevía a desahogarme en llanto.
ENONE: Nunca más se verán.
FEDRA: A pesar de ese exilio, hacen mil juramentos de no dejarse nunca. No, no puedo sufrir tan ultrajante dicha. Hay que perder a Aricia. La cólera de mi esposo debe ser azuzada contra su odiosa estirpe. Mas ¿de qué modo mi razón se extravía? ¡Mi esposo vive, y ardo de amor por otro todavía! Cada palabra mía me eriza los cabellos. Ahora ya mis crímenes colman la medida. Todo en mí es, a la vez, incesto e impostura. Mis manos homicidas, dispuestas a vengarme, ansían empaparse de la sangre inocente. ¡Miserable! ¿Y aún vivo?
ENONE: Rechazad, señora, un temor infundado. Mirad con otros ojos un excusable error. Amáis. No se puede derrotar al destino. ¿Solo a vos el amor consiguió someter?
FEDRA: ¿Cómo te atreves a aconsejarme así? Yo evitaba a Hipólito, tú hiciste que le amara. Ve, déjame a mí la carga de mi triste destino.

Fedra, madrastra de Hipólito, está enamorada de su hijastro. Sufre el yugo de una pasión, por un lado. Por otro, ¿quién no sentiría vergüenza por esa atracción tan antinatural? ¿Es antinatural amar y desear a tu hijastro? A la vez, Fedra le horroriza que Hipólito esté enamorado de Aricia, incluso en el exilio, se aman y se han jurado amor eterno.
Fedra idea un plan perverso. Hablará con su marido para que acabe con Aricia, pero se da cuenta de lo pérfida que es, que desea la muerte de una inocente para alimentar su pasión ilícita y adúltera. Enone interviene, tranquilizando a Fedra, que sería bueno que se libere de esa culpa, a lo que Fedra le reprocha que es por su culpa al estado al que ha llegado.
Por un lado, qué bien lo hace Racine porque muestra a una reina consumida en un amor adúltero e incestuoso y del que no se puede liberar. Por otra parte, Racine despierta en el espectador la compasión por un personaje desgarrado por la vergüenza, que es víctima de sus impulsos y culpable de la desgracia.
Racine tuvo una formación jansenista, muy acentuada por la severidad moral y claro está, esto lo marcó profundamente y condicionó la concepción de sus tragedias, de la que Fedra es un claro ejemplo. Sus personajes viven insalvables dramas interiores que están provocados por pasiones irrefrenables. Así, el amor en sus tragedias es un sentimiento destructivo que está dominado por la fatalidad.
Fedra acaba mal. Muy mal, incluso, pero en escena cualquier tipo de exceso -estamos en el Clasicismo francés- está censurado, como la ingesta del veneno, que se hace fuera de escena.
El amor salva y hunde, o puede salvar y hundir hasta la total aniquilación.
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